Tan esperada, tan amada.
Actualizado: 19 ago 2022
Corioamnionitis, ...y nuestras vidas corrieron peligro.

¡Y llegó el día!. Yo era una primeriza feliz y aterrada. La membrana se había roto, y el hecho no fue perceptible. Mi madre me comentó que a ella le había pasado lo mismo en alguno de sus embarazos. Resultó que la bolsa amniótica se había roto, cada vez que iba al baño a hacer pipí, salía un poco de líquido amniótico. Esto que les voy a contar es algo que sólo supe hasta leer la epicrisis, que me entregaron al darme de alta.
El rompimiento de la membrana da lugar a que bacterias suban de la vagina y entren en el útero. Todo se dio por mala praxis, pues yo llegué desde el día anterior a mi parto, al hospital. Pasaron más de veinticuatro horas para que me atendiera el médico de turno, quien me repitió una vez tras otra hasta el final, que no tenía nada, que no era la hora, y me regresó a casa tres veces. Con el cambio de turno, una médico me atendió, ya yo tenía fiebre, la vida de mi hija y la mía corrían peligro de muerte. Mi bebé, de sobrevivir, corría el riesgo de quedar con parálisis cerebral.
Ajena a los peligros que corríamos, oré a Dios con entusiasmo, poniendo la vida y salud de mi niña en sus manos, y le pedí que guiara las manos y mentes de los médicos que nos atendían, y así lo hizo. Ambas salimos ilesas de semejante negligencia médica.
Eso que contrajimos se llama Corioamnionitis, y aunque no es común, se da, al igual que la pérdida del líquido amniótico mientras se orina, así que, ojo, madres primerizas. Otro hecho inusual fue que mi vagina no se dilató más de tres centímetros, desde el momento en que llegué la primera vez al hospital, hasta cuando me llevaron a sala de operaciones para hacerme una cesárea.
Mi hija y yo, somos un milagro de Dios, por eso doy a Él, todo el honor y la gloria. Mi Padre Celestial, es Padre de toda la humanidad, y así como me escucha, me cuida, me protege y me ama, también lo hace por cada uno de sus hijos.




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