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De novios a cónyuges


Cuando existe noviazgo, y nace el deseo de contraer matrimonio, uno quiere pasar cada segundo del día junto a esa otra persona, la hormona oxitocina invita a una gran fiesta a sus mejores amigas -serotonina, endorfina, y dopamina-, produciendo en nuestro cerebro sensaciones de bienestar, relajación, y satisfacción, aumentando a su vez la concentración y la autoestima, ¿lo recuerdan?.


Mi esposo tuvo la suerte, de que me fijara en él, sólo que aprovechó su oportunidad cinco años más tarde, y mejor así pues tanto él como yo tuvimos una juventud libre de compromisos y pudimos conocer lugares y personas interesantes antes de dar un paso tan grande como el del sagrado sacramento del matrimonio.


Ustedes dirán, esto se está poniendo aburrido, parece cuento de hadas, un cuento para niñas a las que se les crea la idea de los príncipes azules, pues no, nada más alejado de la realidad que logramos sobrevivir, y juntos. De ahí que éste será el primero de varios artículos de aventuras, vicisitudes, luchas internas y externas, que sólo les puedo contar hoy, por la gracia de Dios. No porque en algún momento mi vida corriera peligro, sino porque nuestro matrimonio, más de una vez, sí navegó aguas turbulentas y llegó a sala emergencia del hospitales para matrimonios llamados <<Encuentros Conyugales>>, de lo que les hablaré más adelante.


Recuerdo que recién casada, un señor compañero de trabajo me saludaba con la misma metáfora: <<¿Lilliamcita, cómo está el malinche (el malinche, es un árbol común en mi país que primero da flores color naranja, y luego le salen vainas)?>>. Su teoría era que al inicio todos los matrimonios son sólo alegría, amor, paz, felicidad. Mi realidad era muy distinta, porque mi esposo y yo somos de carácter fuerte, y una vez que comenzamos a vivir bajo el mismo techo, esa fuerza tirando de ambos lados en direcciones opuestas pone en peligro la integridad de la cuerda que une a las parejas, mejor conocido como <<amor>>.


Siempre he sido rápida para pedir ayuda, y esa es una arma que Dios me ha dado para sacarme de problemas; en palabras de mi madre <<grito "¡fuego, fuego!">> cuando lo que hay es un fósforo encendido. Pero eso fue lo que salvó mi matrimonio varias veces. Una tía que pertenecía, no sé si aún lo hace, a un grupo católico de matrimonios que lleva el nombre que les mencioné anteriormente, y a ella recurrí para pedir ayuda cuando a los cuatro años de matrimonio y con dos hijos, necesitábamos la ayuda Dios, que nos fue brindada a través de ese grupo de matrimonios.

Con ellos aprendimos que amar es una decisión que se toma día a día, es como renovar los votos cada amanecer. Que existen diferentes tipos de cizañas que atacan a los matrimonios, como por ejemplo, los problemas económicos, la infidelidad, la mentira, la falta o mala comunicación, -las más comunes-, pero la peor de todas es la familia política. Así que ya saben, el matrimonio es de dos en unidad con Dios.


Otro dato importante es que el amor, como "sentimiento", es peligroso, debilita cualquier tipo de relación, más aún a los matrimonios o relaciones conyugales de cualquier tipo. En cambio si yo "decido amar" cada día a mi cónyuge, la relación permanece, siempre y cuando haya una buena y fluida comunicación entre las dos personas. Y recordar que somos dos en uno con Dios, de tal manera que los parientes, amigos, u otros terceros deben quedar fuera.


Para finalizar, existen elementos que fortalecen éste tipo de relaciones, tales como: enamorar, piropear, tener detalles y atenciones especiales hacia el cónyuge, y como dice la canción: <<amar es entregarse, olvidándose de sí, buscando lo que al otro le pueda hacer feliz / Que lindo es vivir para amar, que grande es tener para dar. Dar alegría y felicidad, darse uno mismo, eso es amar>>. Así, mi esposo y yo, hemos llegado a diecinueve años juntos, y esperamos siga siendo así, hasta que la muerte nos separe, de la mano de Dios, quien siempre nos salva, bendice, protege, guía, y ama infinitamente.





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